martes

Incontenible 1


Una pequeña voluta de humo que sale de la boca / Se pierde ante tus ojos / Se integra con el aire / Toca tu rostro, su rostro, mis rostros / Esa intimidad invisible que lleva el aliento mensajero / Una circunstancia etérea que llega y nos abandona / Como un amor en verano / Arrastrado desde el botón de la rosa hasta el mar / Por la lluvia de Agosto.
Akira Sunshin

viernes

Prejuicios

Todo depende del humor con el que me levante. A veces sólo me interesa dejar pasar las miradas y los verbos que las acompañan, pero hay ocasiones en las que tengo un poco de fuego a la mano y se me antoja quemar la certidumbre.

Una de las cosas que me agrada incendiar son los prejuicios.

¿Hasta qué punto es capaz una persona de señalar a otra sin siquiera conocerla? Pueden existir pistas e incluso actos irrefutables que nos llevan a pegar etiquetas por doquier. Pero también es común encontrarse con sentencias que presumen su certeza como lo hacía el emperador con su traje en cierto cuento para niños.

Nadie puede decir lo que el otro es. A lo mucho, puede resaltar un error o dar argumentos para justificar una opinión. Es posible que una serie de acciones desafortunadas nos permitan conceder cierto juicio sobre el otro (finalmente, el conocmiento se urde a partir de la experiencia, la memoria y la razón), pero la nobleza del pensamiento nos ofrece la facultad de dudar, de investigar e incluso de admitir una equivocación.

La mayoría de las personas hemos juzgado erróneamente al menos una vez. Hacerlo es tan humano como la creencia y la necedad. Pero señalar sin argumentos razonables sólo deja en claro una cosa: el temor.

Solemos agredir los que nos da miedo, es una forma de autodefensa que nos protege de lo desconocido o bien, de todo lo que puede lastimarnos. Por eso lanzamos prejuicios sobre las personas que son distintas a nosotros, pero también sobre aquellas que nos perjudican de algún modo (y vamos, esto puede ser hasta porque lastiman nuestra autoestima).

Cuando una mujer ve a otra y la considera más hermosa que ella, una de las primeras reacciones es la de lanzar un prejuicio: "Seguro esa tipa es una zorra", "Mira cómo se viste. Es una urgida", "Esa vieja se cree mucho y la verdad, ni es tan bonita. Además se ve que es tonta".

En el caso de los hombres sucede lo mismo. Un ejemplo claro de ello es la típica frase que sueltan cuando se sienten inseguros "¿Ese? Seguramente es gay"

El prejuicio automático hacia alguien que no conocemos puede entonces, ser en realidad problema nuestro, de nuestra falta de seguridad.

El ser prejuiciosos ante lo desconocido es una defensa a veces útil pero a veces obsoleta. Ciertamente hay personas que nos brindan mayor confianza que otras, sobre todo las que comparten con nosotros algunos aspectos. Lo que nos parece extraño, amenaza nuestro espacio vital, nuestros rituales y creencias.

Sin embargo, defendernos de lo extraño también nos cierra puertas y la mayoría de las veces, nos deja envueltos en el manto de la ignorancia.

"El león no es como lo pintan", dicen. Y nuestra capacidad de dudar acerca de lo que nuestros sentidos y nuestras propias experiencias (válidas pero no universales) nos presentan de frente, es la capacidad de conocer y generarse un criterio con argumentos, de formarse un criterio amplio y sólido.

Por ello me surgen las ganas de incendiar la certidumbre, de mover los cimientos y despertar la duda. Es la única manera de continuar un poco cuerdo en este mundo de marcas y etiquetas impuestas por el fantasma de la inseguridad y la ignorancia ajena.

Tiempo desgarrado

Y sin embargo, tengo un fuerte deseo por comenzar de nuevo, por pensar desde la primera estrella. Los días me tocan como las olas a la playa y de pronto siento que lucho demasiado por evitar que se lleven todo. ¡Que se lleven qué! Estas manos vacías hablan de humanidad. Entretanto los ojos se cierran con el peso de un día más sobre los párpados. Ha llegado la hora de dormir.

martes

El corte

El horizonte estaba a punto de caer y ella permaneció sentada. Por un instante pensó que podría detenerlo con sus manos y extendió sus brazos en el momento justo del desplome. El corte fue exacto, como una guillotina que se desliza sobre la hoja de papel. Afortunadamente, esta no es mi historia.

Mi abuela, mi herencia

El día de hoy es cumpleaños de mi abuela. Ella dejó este mundo hace años pero todo el tiempo presiento su cercanía. A fin de cuentas, la materia no se crea ni se destruye y todas las partículas de su existencia me rodean en cada instante, como un halo brillante que corona mis ideas.

Ella fue una talentosa poeta que halló en el sielncio un resguardo tímido para sus textos. Apenas conocí algunos y en la familia aplauden que su nieta haya tomado la pluma cual estafeta. En cada ocasión que me decido a escribir algo, ahí está ella, al pie de mis versos. Me susurra palabras y sonríe en mi mente como si me pusiera un reto, como si dijera "aquí están, tómalas y guíalas por la hoja hasta que encuentran su lugar".

Con cariño recuerdo cuando me sentaba en su cama y me soltaba acertijos como si fuese un mago a la puerta del misterio. Pocas veces di con la respuesta, pero aprendí que esas pequeñas verdades que llamamos respuestas suelen yacer escondidas, sigilosas y traviesas en la entraña de la pregunta misma.

Su recuerdo es el oráculo al que acudo en todo momento, la letra que florece, un poema infinito que continúa auto-descubriéndose, la luz en el mar del tiempo que me guía hacia la orilla de mi propio ser.

Hoy es su cumpleaños y la celebro con la palabra, herencia divina y frágil, como el amor, como el secreto, como la vida.

jueves

Desasosiego

No hay tiempo qué perder
la sombra nos acoge,
la vida nos transtorna,
el sueño cae de un árbol
triste, ya sin hojas.
Con la mirada perdida
y la voz ensangrentada,
va la mano levantada.
Aquí, donde el cadáver sonríe
y el arma es el escudo,
donde no hay principio,
ni fin y desnudos
nos jugamos el alma
con los ojos cerrados.
Aquí, donde la calma es el olvido
y no sirven las palabras
para enfrentar al enemigo,
no hay tiempo qué perder,
para decirnos "hombres"
y volver a nacer.